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07 julio 2008

A day in the life




Esta canción es protagonista en la novela :






Jardines De Kensigton de Rodrigo Fresán


A lo largo de una noche, Peter Hook (célebre y recluso autor de las novelas juveniles protagonizadas por el viajero temporal Jim Yang) relata la extraña vida de sir James Matthew Barrie: el creador de Peter Pan y creyente en la idea de la infancia eterna como forma de fe y de arte. Pero esto no es todo. Con la evocación del Londres victoriano y la bizarra relación de Barrie con los hermanos Llewelyn Davies como teatral telón de fondo, Jardines de Kensington explora también el misterio privado de Peter Hook: lo que recuerda y lo que ha decidido olvidar; la saga lisérgica de sus padres pertenecientes a la cultura de los Swinging Sixties, y la súbita y final recuperación de su pasado en los primeros años de un nuevo mundo marcado por el horror milenarista del Había una y otra y otra vez...Jardines de Kensington-tercera novela de Rodrigo Fresán-es un curioso tapiz victoriano/pop y un alucinado artefacto gótico/psicodélico a la vez que una original investigación sobre los tires y el final de la niñez; sobre la tan frágil como poderosa naturaleza de la memoria y del tiempo; sobre el estilo con el que los vivos escriben a los muertos y los muertos reescriben a los vivos, y sobre las imprevisibles maneras en que los libros del pasado acaban formando el futuro de sus lectores y deformando el presente de sus escritores.

Critica por Alan Pauls
Como todo libro de escritor-coleccionista, Jardines de Kensington es la historia de muchas vidas, pero sobre todo de dos: la vida del polígrafo victoriano James Matthew Barrie, enano célibe, idólatra de niños y legendario inventor del ícono infantil Peter Pan; la vida de Peter Hook, hijo desquiciado del swinging London, discípulo lisérgico de Barrie, inventor de Jim Yang –un Peter Pan post Einstein que viaja por el tiempo montado en su cronocicleta– y, en sus ratos de ocio, exitoso asesino en serie de párvulos. ¿Vidas de santos? No precisamente. ¿Vidas paralelas? Ojalá. Sería el caso si Jardines de Kensington se limitara a contrastar o empardar dos épocas, la era victoriana y los años ‘60 –probablemente los dos bloques de espacio-tiempo más culturalmente saturados de la anglofilia moderna–, y si Barrie y Peter Hook fueran meras almas siamesas separadas por 50 inoportunos años de historia. Pero en el libro es Hook –consumando el prodigio fáustico que hostiga a toda la novela: “hacer que toda la Historia quepa en un día”– el que cuenta la vida de Barrie –aunque no en un día sino en una sola noche–, pequeño detalle que abre entre él y Barrie un abanico jugoso y plural de posibilidades. Hook no es sólo el biógrafo de Barrie; es también su víctima, su rémora, su sucesor, su rival, su encarnación mejorada y hasta su maestro: alguien capaz de reescribir el prodigioso legado de imaginación que recibió en una elegante secuencia de actos siniestros. Es el gran talento alquímico del freak, que no aparece por primera vez en la obra de Fresán y seguramente tampoco por última: malinterpretar la ficción –o interpretarla quizá demasiado a la letra– y confundirla con el manual de instrucciones de una serie de conductas ligeramente heterodoxas. En este caso, dado el placer por derramar sangre precoz que cultiva Hook: convertir el capital estético de Barrie en una estética de la pena capital. Pero la vida de Barrie (que es la vida de una época, de una literatura, de una ciudad) sirve además para algo muy específico: es la música narrativa con la que Hook –cuyos talentos deben tanto a Sherezade como a Hannibal Lecter– se las ingenia para mantener en vela a Keiko Kei, la última víctima de su frondoso prontuario criminal: el niño estrella que un gran estudio de Hollywood acaba de contratar para hacer el papel de Jim Yang en la primera versión cinematográfica de sus aventuras. Del relato, pues, como una de las Bellas Artes fúnebres: en boca de Hook, que es el narrador de Jardines de Kensington, la biografía de Barrie termina transformándose en otro cuento infantil, el último, el que aleja y a la vez entrega a su pequeño destinatario a la muerte, el que lo mantiene con vida –mientras haya relato habrá esperanza– y el que lo maquilla, al mismo tiempo, para que muera como debe morir: bello.Fresán, que no suele hacer oídos sordos a las tentaciones, no ha evitado pocas en Jardines de Kensington. Eludió, por lo pronto, desplegar las múltiples posibilidades “perversas” que acechaban en los materiales de su novela: el abanico de entrelíneas fáciles y babosas –abuso, corrupción de menores, paidofilia, seducción polimorfa, etc.– que parecían reclamarle esas relaciones peligrosas animadas por escritores adultos que se niegan a crecer y por niños de bucles encantadores que los fascinan, los hechizan, los inspiran. La devoción ciega que el contrahecho de J. M. Barrie -casado, sin hijos y sin la menor aspiración a tenerlos, al menos por las vías reproductivas aconsejadas por la ortodoxia– profesa por los dulcísimos hermanitos Llewellyn Davies podría por sí sola haber justificado páginas y páginas de suspicacia depravada, la misma, para no ir muy lejos, que mereció a menudo la compulsión fotográfica de Lewis Caroll por Alice Lidell (dos contemporáneos ilustres de Barrie), o una elegía lúbrica afín a la que Dolores Haze y Humbert Humbert le arrancan a Nabokov a fines de los años ‘50. Impasible, Fresán ignora uno por uno todos esos pies que le tienden las hermenéuticas sexuales y se protege de Freud usando a modo de paraguas las dos épocas que se propone extenuar en este libro enciclopédico y vertiginoso: la Reina Victoria le sirve para no poder prever a Freud; el pop de los sixties ingleses, para no recordarlo. De Freud, en todo caso, sólo podría interesarle una faceta: la del exaltador desenfrenado (y asexual) de la infancia. Sólo que el His majesty the baby con que el cocainómano vienés solía graficar la soberana voluntad de poder del niño, aquí, en la novela de Fresán, también describe, y de manera igualmente ejemplar, la omnipotencia de la única subjetividad que Jardines de Kensington (y buena parte de la obra de Fresán) parece tener entre ojos: la subjetividad del escritor. His majesty the writer.No es difícil ver qué hermana, en el mundo Fresán, al freak, al escritor y al niño, o –en otras palabras– en qué sentido se puede decir que todo escritor fresaniano es siempre un freak y un niño. Es gente básicamente absorta, monotemática, proclive a cierta impunidad, signada por toda clase de taras, que sin embargo, movida por una especie de obstinación inagotable, nunca deja de perseverar en su ser. El escritor, como el niño y el freak, nunca cambian. De ahí el papel privilegiado, casi paradigmático, que Jardines de Kensington asigna a los cuentos infantiles y a sus héroes, responsables de llevar ese principio de inmutabilidad hasta las últimas consecuencias. Si la literatura infantil es aquí menos un accidente temático que un modelo, la maqueta que permite pensar el todo, es porque ninguna otra parece encarnar mejor, más didácticamente, una idea –un valor– en los que la literatura de Fresán insiste últimamente cada vez más: la idea de lo clásico. “Hay quienes afirman -dice Barrie– que somos personas diferentes según los varios períodos de nuestras existencia; que vamos cambiando no por esfuerzo de nuestra voluntad, lo que sería una empresa de valientes, sino, una vez cada diez años o algo así, debido al simple transcurrir de la naturaleza. Supongo que esta teoría bien puede explicar mis problemas de estos días, pero no me convence; yo creo que uno siempre es la misma inalterada persona desde el principio al fin, alguien que se pasea por estos lapsos temporales, entrando y saliendo de ellos, como si fueran diferentes recintos de una misma casa. De este modo, si volvemos a airear las habitaciones del pasado, podremos encontrar allí a aquel que fuimos tan ocupado en la tarea de comenzar a ser los que acabamos siendo ustedes o yo.” Las dos vidas que protagonizan Jardines de Kensington –la de Barrie, la de Peter Hook– corroboran escrupulosamente ese ideal de inalterabilidad –el mismo, por otra parte, que satisfacen (o postulan) Peter Pan, Pinocho o, por definición, cualquier personaje “inmortal” de la literatura infantil–. Porque no cambian, Barrie y Hook sobreviven, lo que no es poca cosa en una novela como Jardines de Kensington, tan plagada de naufragios, cadáveres y fantasmas. El clásico según-Fresán-según-Barrie es saludable, sí, pero un poco monstruoso, porque es ese “espíritu joven” que “continúa siendo joven dentro de su cuerpo que envejece”; es esa literatura –Proust, nada menos- que Hook imaginó barriendo intactas las pantallas biodegradables de la televisión (“Un canal de televisión que desprecia la idea de la televisión. No Television. Sintonizar NTV con el control remoto, bailando el vals del zapping, equivalía a encontrarse con una pantalla en blanco por la que desfilaban –letra a letra, palabra a palabra, oración a oración, de principio a fin– los cuentos y novelas más queridos de la historia de la literatura”); y es “A Day in a Life”, la canción de los Beatles que Fresán relee en clave Goethe (“¡Tiempo, detente!”) y que usa aquí, allí y en todas partes como arma y antídoto contra ese mundo que lo engendró, que conoce mejor que nadie y que libro a libro, como Barrie y Hook con sus propios muertos, no puede parar de vampirizar: la pesadilla del pop y su invención “terrible: la muerte precoz de lo original, lavelocidad de la moda, la concepción efímera de las tendencias, la cultura del relámpago”.



Finding Neverland (2004)

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